Compré ropa en un mercado soviético: Olivia Meza

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Por: Olivia Meza de la Orta Fotos por: Olivia García Patto

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Al realizar un viaje a Europa, pensaríamos que las visitas obligadas son a sus grandes museos, atracciones turísticas y sobre todo, tiendas de ropa. En mi caso todo fue muy distinto. En septiembre del año pasado emprendí una travesía aventurera y muy rica culturalmente al viejo continente, tomé un avión desde Barcelona a Oslo, y de ahí un viaje en tren por 18 países diferentes.

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A pesar de dar por hecho que se trataba de un viaje de espíritu intrépido y corto presupuesto, no dejé de visitar aquellas famosas tiendas de diseñadores y departamentos, tampoco perdí la oportunidad de visitar tiendas vintage, de segunda mano, y mis favoritos de toda la lista: los mercados soviéticos.

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Recordemos que, históricamente, la Unión Soviética dominó prácticamente Escandinavia y casi la mitad de Europa del Este (además de los Nazis). Este legado, doloroso y macabro, dejó vestigios que aún se pueden contemplar al visitar Helsinki, Tallinn, Riga y hasta Varsovia, seguido de Budapest e incluso Bucarest. Calles, museos, monumentos abandonados y un sombrío viento, me llevaron a conocer el primer mercado soviético en mi vida: el Baalti Jaam en Tallinn, Estonia.

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Lo descubrí al investigar sobre “lugares alternativos” para visitar en Tallinn. La verdad es que no tenía muchas expectativas de este país báltico, sin embargo, sorpresivamente se convirtió en uno de mis lugares favoritos. Baalti Jaam es una estación de ferrocarril totalmente renovada, que se encuentra lejos del centro ultra moderno de Tallinn; hay mucho movimiento comercial ambulante y alguna que otra delicia en el camino. Pero lo más interesante lo encontré cruzando la estación, ahí existe uno de los mercados soviéticos más interesantes que conocí. Bajo el contexto de los tiempos soviéticos, este mercado es un sitio idóneo para encontrar desde lápidas personalizadas al instante, toda clase de verduras, frutas y comida en general, hasta las preciadas antigüedades (o baratijas) que evocan la guerra principalmente, y lo más importante, ¡ROPA!

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Los mejores deals de ropa que jamás he visto en mi vida (ni en todo mi recorrido por el nuevo mundo) los encontré ahí. Montones de ropa usada, nueva y semi nueva se apilaban en diferentes puestos, y muy poca gente alrededor. Mi prima y yo enloquecíamos con todo lo que encontramos y que no podíamos llevar en nuestra pequeña maleta de viaje. Abrigos de pelo a 50 euros, rompe vientos ochenteros en 5€, y camisetas nuevas tan solo en 80 céntimos… era una locura; un poco parecida a lo que alguna vez fue comprar en las pacas de Pino Suárez, sin embargo aquí, todo se sentía más auténtico y raro.

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Después de comprar unas parkas verde olivo, azul cielo y una chamarra de esquí, nos dirigimos a otro puesto donde encontramos puros suéteres en perfecto estado, seguido de abrigos largos de lana y una variedad de sombreros y boinas también. Algunas ancianas rondaban por ahí, y nos miraron extraño, quizá porque no es un lugar turístico y nosotras nos veíamos MUY TURISTAS.

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En la ciudad de Riga, visité el mercado más extraño; aquí no había ropa; se encuentra en el distrito ruso, muy cerca del antiguo ghetto judío. Es un mercado que existió desde la invasión NAZI, pasando por Stalin y su famoso rascacielos en la ciudad. La visita no duró más de 15 minutos. Entramos a un terreno baldío lleno de puestos de lámina con infinidad de chatarra, zapatos de hombre, pasaportes judíos de la II Guerra Mundial, bolsos de los años 40, rifles, uniformes militares, medallas nazis, camafeos y cuchillos… sí, justo dimos vuelta a la derecha por uno de los pasillos, y un hombre caucásico rapado, lanzaba cuchillos una y otra vez a un tronco empotrado en una pared de concreto (vendía armas). Nadie se percató de nuestra presencia, sin embargo, me detuve a preguntar el precio de una cámara Polaroid, la cual tenía un valor de 10 euros. No la compré; nos envolvía en una vibra muy extraña e incómoda, sobre todo al imaginar de dónde provenían todas esas cosas, a quiénes les pertenecieron alguna vez y fueron arrebatadas. En fin, mi ropa de Tallinn no es un arrepentimiento y si alguna vez me ven con una chamarra enorme, sabrán dónde la compré y cuánto me costó.

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