ADOLESCENCIA METALERA

En nuestra juventud casi todos atravesamos por una fase metalera; DonMoy nos cuenta cómo pasó sus días de acné sacudiendo la cabeza melenuda. 

 Foto: Tony Solis - Maquillaje: Ana G de V - Modelos: Max @GH  y Alberto @NewIcon

Foto: Tony Solis - Maquillaje: Ana G de V - Modelos: Max @GH  y Alberto @NewIcon

Por Guillermo "DonMoy" Bátiz

Primero de secundaria.

Faltaban días para las vacaciones de verano y me habían invitado a mi primer quinceañera. Mi mente pasaba por todo un renacimiento de ideales y de maneras de ver la vida, pero lo que más me preocupaba en ese entonces era cómo quitarme los granos de la frente y dejar de parecer un niño de primaria. La noche de la fiesta no pudo ser más aburrida. Jorge, el hermano de la festejada, y su amigo Cristian, me invitaron al coche de su mamá a tomarnos unas cervezas. Cristian prendió el estéreo y puso un cassette. Le pedí que me pasara la caja para ver la portada. Cuando vi la fotografía de un tipo recibiendo un golpe en la cara, sabía exactamente qué escucharía. Me hipnoticé por la ira que brotaba de la voz de Phil Anselmo. Jorge sacó otro cassette y me dijo que éstos eran brasileños. La portada mostraba un cuerpo envuelto en una manta blanca con cables y tuberías que lo conectaban a una máquina. Los tambores de Igor Cavalera acompañados de percusiones brasileñas, seguidos por la estruendosa e imponente voz de su hermano Max, me mandaron a un mundo del cual quería saberlo todo. Era metalero.

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Al siguiente día, Jorge me llevó a la tienda de música. Salí surtido de toda esta nueva experiencia musical. No conocía más allá de lo que mi amigo me recomendaba, pero no importaba. Sepultura, Pantera, Brujería, Carcass, Canibal Corpse… Portadas de cadáveres teniendo sexo oral, canciones dedicadas a Satanás, sangre, dragones, cabezas decapitadas, uñas negras, pelo largo, gritos, ira y desmadre. Era metalero. 

Quería tener el pelo largo y un código de barras tatuado en el cuello. Quería quemarle el cabello a mi hermana, pintarme las uñas y aprender alemán. Quería volverme Rob Zombie y cogerme una medusa con sus ojos vendados. Mi mamá pensaba que me estaba volviendo satánico cuando escuchó a Juan Brujo salir de las bocinas de su estéreo. Para cuando entré a la prepa, ya no eran Cobain o Tupac quienes me ayudaban a salir de mis depresiones adolescentes, sino las dulces mentadas que cantaba Henry Rollins o la rebeldía que me inspiraba Lemmy Kilmister. Marylin Manson y Korn entraron a la escena, junto con Deftones, para darme otra refrescada de lo que el género podía ofrecer. Cuando Zach de la Rocha y compañía llegaron a mis oídos, sabía qué quería ser de adulto: UN METALERO.

 

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Me volví skater, borracho y bravucón. Me peleaba sin razón alguna. Iba a toda tocada local en mi ciudad para hacer slam y patear gente. Los sábados me tenías pegado ala tele como Beavis vuelto Cornholio, esperando a que Head Bangers entrara al aire. Era un metalero.

Pasaron los años y mis gustos musicales ya toleraban otros géneros; pero sin duda alguna fue mi adolescencia metalera la que me enseñó el valor de buscar un álbum que te gusta, descubrir lo bueno de una banda que parecía dudosa, apreciar la distorsión orquestada o la sicodelia entrañada en el buen Metal. No conozco una fórmula precisa para el éxito en el heavy metal. Jamás tuve la dicha de ser parte de una banda, pero es un género que me motivó bastante a madurar, ver el lado bueno del ruido. Lo que algunos consideran como música basura, otros creemos fielmente que es la mejor terapia antiestrés. Desde oficinistas frustrados hasta darketos del chopo; chavorucos haciendo airguitar al compás de los solos de Kirk Hammett o los miles de fans con su tatuaje a navaja de Slayer, SOMOS METALEROS.