Adiós a la poesía: reseña de El fuego y el sol, de Iris Murdoch

Por: Prett Rentería

Al tratar de establecer un concepto sencillo y claro sobre qué es la estética -como disciplina académica- es necesario realizar un recorrido histórico para comprender cómo es que dicho concepto se fue modelando a través de distintas épocas y contextos sociales; incluso analizar periodos previos, y de cierta forma preparativos, de la historia occidental que establecieron paradigmas sobre lo bello para la posteridad en Europa. El caso de la antigua Grecia ha sido revisado una y otra vez por especialistas en el tema, ya que su legado cultural no sólo abarca las denominadas ciencias exactas, sino también a la filosofía y las artes escultóricas, y tal es el caso que nuestros cánones estéticos siguen siendo casi los mismos después de más de dos mil años. No obstante, se debe comprender que rastrear disciplinas estéticas en la antigüedad es cosa imposible, ya que no existían, pero eso no quiere decir que la sensibilidad y apreciación de lo bello estuvieran del todo ausentes. Para corroborar dicha tesis podemos recurrir a la filosofía, y en particular a uno de los pilares del pensamiento occidental: Platón.

   El fuego y el sol es una obra publicada en 1977 por la filósofa y novelista de origen irlandés Iris Murdoch, la cual examina la compleja situación del arte en la filosofía idealista de Platón. Dicho examen parte de la premisa que excluye a los artistas del proyecto de república del filósofo griego, lo que ha generado numerosas controversias a través del tiempo acerca de posición del arte en determinados contextos políticos y culturales. Esto nos lleva necesariamente a dos preguntas: ¿cómo concibe Platón al arte?, ¿por qué decide expulsar a los artistas de su república?

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   Bien, en la antigua Grecia el concepto de arte tuvo una interpretación muy distinta a la nuestra; si partimos de la etimología tecnhé, podremos percibir que se trataba de algo relacionado a una técnica, es decir, un oficio aprendido que podía ir desde la orfebrería hasta la elaboración de utensilios domésticos. Entonces, lo más parecido a lo que nosotros entendemos como arte lo encontraríamos en la poesía: oficio ancestralmente reconocido por los griegos como una de las más nobles labores a las que un ciudadano podía aspirar. Esta elevada posición de la poesía se debía en gran parte a que, previo a la implementación de la escritura, los mitos fundacionales y cosmogónicos de la Hélade eran transmitidos generación tras generación gracias a los rapsodas a sueldo. Estos mismos rapsodas participaban en certámenes de poesía, donde competían no sólo por el gran honor que ello implicaba, sino también por una remuneración pecuniaria. En este sentido, la actividad artística era parte de la vida cotidiana de los antiguos griegos, a la par del resto de los oficios; sin embargo, algunos filósofos como Platón veían con malos ojos la poca “racionalidad” o escrutinio intelectual que el ejercicio poético implicaba, en especial lo referente al contenido religioso de los mitos. Para Platón, el uso de la razón como vía de acceso a una región supra terrenal de lo que él llamaba Ideas -formas puras y eternas- era crucial si se quería superar la ilusión del mundo de las sombras al que somos proyectados al nacer: este dualismo -alma/cuerpo- implicaba la concepción del cuerpo como cárcel del alma, lo que la tradición cristiana retomaría siglos después. Por lo tanto, las explicaciones religiosas sobre el origen de la vida y el universo contenidas en los mitos ancestrales griegos, que a su vez eran reproducidos por los rapsodas, significaban para Platón un nulo ejercicio de la razón discursiva o dianoia, es decir, del diálogo filosófico. De ahí que el gremio de los poetas se vea excluido en la República, diálogo platónico de gran carga política y moral que pretende organizar el mejor estado con los mejores y más distinguidos elementos para su gobierno, a saber: los filósofos. Sin embargo, la postura del pensador ateniense respecto al arte/poesía es ambigua, y Murdoch estuvo consciente de ello al utilizar y confrontar los diálogos platónicos de la juventud con los de la etapa de madurez del filósofo. Por ejemplo, mientras que en la República considera detestables a los artistas y los coloca en el último peldaño de la escala social, en el Fedro los ensalza como portadores de una verdad suprasensible y divina, alterna a la vía racional del conocimiento filosófico. Entusiasmados -esta palabra tiene una etimología interesante, ya que se compone de ousía o sustancia: los poetas estaban “impregnados” por la sustancia divina- los jóvenes enamorados sucumben a una suerte de locura sobrehumana en este último diálogo, uno de los más bellos escritos por el ateniense; el rígido talante que observamos en la República se ve contrarrestado por esta elaborada y estilizada descripción de la manía platónica.

   Ahora bien, dejando de lado dicha ambigüedad, ya que resulta bastante complejo y rebasa los límites de esta breve reseña, regresaré a la cuestión del análisis de Murdoch sobre el pensamiento de lo “estético” en la antigua Grecia.

   Al seguir la línea del dualismo de Platón es menester discurrir sobre el concepto de anamnesis, importante para comprender mejor su epistemología por el lado del conocimiento racional y la relación de dicho concepto con algo parecido a una estética de lo bello en su filosofía.

   Para Platón, existen cosas que se pueden aprender con la experiencia y otras que sólo es necesario “recordar”. Las segundas requieren de un esfuerzo intelectual innato en el alma humana, como cuando Sócrates pide a un esclavo realizar una operación matemática en el Menón; el esclavo, a pesar de no contar con una formación escolar, resuelve el problema. Esto quiere decir que el pensamiento matemático o abstracto es algo natural en todos nosotros, reminiscencia de las Ideas perfectas y puras de la región supra terrenal: la herencia de la escuela pitagórica y sus principios matemáticos en Platón son evidentes, según escribe Murdoch. ¿En qué lugar queda el arte en esta relación epistémica? En ninguno. Si revisamos el Ion o de la poesía, encontraremos que Platón, a través de la figura de Sócrates, entabla un apasionante diálogo con Ion, un rapsoda que asegura conocer todo sobre su poeta favorito: Homero. Sócrates indaga con su interlocutor sobre qué es la poesía, ¿una técnica -techné- o una ciencia? Como siempre, no se llega a una respuesta concreta, no obstante, las preguntas que Sócrates hace a Ión logran que éste tome conciencia de que la poesía no es ninguna de las dos cosas, ni arte ni ciencia, sino algo más. Se trata más bien de algo divino, de inspiración celestial, en concordancia con lo expuesto en otros diálogos; la diferencia es que aquí Platón no es condescendiente ni censurador, sino algo neutral. Parece abandonar la cuestión a la incertidumbre de lo inexplicable por vía de la razón discursiva, y es justo más adelante donde Murdoch contrapone al filósofo griego con el mismo Freud y su noción del inconsciente. ¿El arte es algo relacionado con los más bajos impulsos humanos? Al parecer, y según la interpretación que Murdoch hace de la teoría psicoanalítica de Freud, sí. Esto es interesantísimo, ya que relaciona dos concepciones similares sobre el arte divididas por varios siglos en la historia del pensamiento occidental: otra hipótesis que expone los fuertes cimientos helénico-filosóficos de la teoría estética contemporánea.

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   Por otro lado, si bien Platón y su dualismo permean toda la filosofía posterior con una noción algo problemática acerca del arte, Aristóteles parece reivindicar la cuestión al establecer la poesía como una herramienta didáctica de propiedades purificadoras para el alma afligida de los adoloridos en su gran obra Poética. Según el Estagirita, las representaciones teatrales de las tragedias griegas ayudan a “purgar” el ánimo de los espectadores por medio de lo que él llama kátharsis. La plétora, o exceso de sentimentalismo en el individuo, sería entonces disminuida por medio de la contemplación de las tragedias, algo muy distinto a lo que pensaba Platón, quien veía dichas representaciones como algo vulgar y denigrante para el ciudadano respetable, ya que exaltaban las más bajas pasiones del ser humano y satirizaban a los mismos dioses que reían y amaban como cualquier ser mundano. Recordemos que según Murdoch y varias tradiciones filosóficas consideran a Platón como un purista empedernido, y se llega a comprarlo con Immanuel Kant en sus escritos sobre Lo bello y lo sublime, donde lo bello encuentra su lugar en las más puras y sencillas representaciones de figuras abstractas y colores neutros: con este último pensador podemos ya hablar de una teoría estética como tal.

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   Regresando a Platón y la cuestión de lo bello, según la exposición de la novelista irlandesa, no queda mucho por decir en esta corta reseña que no se haya mencionado anteriormente en la explicación del concepto de anámnesis, salvo recalcar que para el filósofo ateniense la interrelación de lo bello necesariamente remite a lo bueno y lo verdadero, es decir, las Ideas. Esta teoría acerca de lo bello sería tomada siglos después durante el Renacimiento por el filósofo neoplatónico Marsilio Ficino, y algunos pintores como el mismo Botticelli, que hacen del dualismo platónico una estética clásica que perduraría hasta nuestros días.

   En conclusión, si bien el tema del arte en la antigua Grecia, y en particular en Platón, es bastante amplio y hasta cierto punto puede ser confuso o ambiguo, no demerita la importante e interesante labor que resulta de su continua investigación, y tal parece ser el caso de Iris Murdoch, quien a través de su trabajo de análisis parece haber arrojado más luz de la necesaria para seguir con la tarea de reflexionar sobre los llamados pensadores de la antigüedad y sus perspectivas sobre lo bello.