¿La tragedia como objeto estético? Una lectura psicoanalítica de la fotografía de Enrique Metinides

Por: Prett Rentería

Desde el surgimiento de la fotografía como alternativa mimética de la pintura a mediados del siglo XIX, la perenne discusión sobre cuáles fotografías deben ser consideradas como arte y cuáles no, sigue vigente. El problema se complejiza cuando los medios de comunicación hacen uso de la misma para complementar la noticia e, incluso, volverla más atractiva para las masas. En el periodismo, la fotografía pierde protagonismo como obra de arte para convertirse en un vehículo visual que conduce a fines particulares; adquiere entonces su carácter mediático.

Sin embargo, sucede que en tal mediatización de la imagen el resultado no siempre es sólo funcional (complementario), y la fotografía escapa de la tecnicidad periodística para resurgir como creación estética; a veces se trata de algo accidental, como si la luz, el color y la espontaneidad de la foto conspiraran para reclamar una dignidad artística perdida en el tratamiento técnico de la misma. En este artículo se analiza el trabajo de toda una vida, donde lo accidental queda al margen y la pericia con la lente, adquirida a través de años de experiencia, arroja como resultado una obra catalogada en México como única en su tipo: se trata de la fotografía de Enrique Metinides, profesional de práctica pero no de título. No obstante esta carencia académica, Metinides realiza un trabajo excepcional a la hora de retratar la tragedia, el dolor, la angustia, y en especial: la muerte.

En las siguientes páginas se aborda una de las fotografías más polémicas de Metinides, y se reflexiona sobre la posible relación entre el concepto freudiano de “pulsión de muerte” y dicha obra. En la fotografía de Metinides, catalogada en sus inicios como género de nota roja, se pueden apreciar características importantes para realizar una interpretación psicoanalítica sobre el contenido y su relación con el espectador. ¿Qué hay detrás de esa fascinación por observar la muerte?, ¿puede la muerte ser considerada como objeto estético? Son algunas de las cuestiones que orientan el presente análisis.

Enrique Metinides, 1979.

Enrique Metinides, 1979.

Enrique Metinides, (1934, Ciudad de México) mexicano de ascendencia griega, comenzó a tomar fotografías de accidentes automovilísticos en su adolescencia, lo que le ganó el apodo de “El Niño” por parte de paramédicos y demás colegas. Siempre con una fascinación por lo trágico, Metinides salía en búsqueda de sucesos violentos que en su mayoría tenían un desenlace fatal. Más adelante, profesionalizó su labor trabajando para revistas de nota roja como Alarma!, Crimen y Nota al Crimen (Stelley, 2013). Sus fotografías han recibido premios a nivel internacional, como también ha participado en varias exposiciones al otro lado del Atlántico. Ese punto de quiebre entre su labor de fotoperiodista y la recepción de su trabajo como producción estética nos da mucho qué pensar, en especial sobre la trasgresión de espacios creativos en apariencia antagónicos.

La fotografía que aparece al inicio de este artículo fue tomada en la colonia Roma en agosto de 1979, se trata de una periodista atropellada. Metinides llegó justo en el momento en que esta persona quedó prensada. La belleza de la imagen invita al espectador a observar los detalles del accidente; pareciera como si por un momento uno olvidara que la persona de esa fotografía está muerta. Existe una armonía en la composición que difícilmente se logra en una situación estrepitosa; sin embargo, Metinides lo hace. ¿En qué momento esta imagen deja de parecernos funesta para convertirse en algo digno de contemplación? La respuesta se encuentra en el espectador, quien interpreta libremente y piensa lo que sus sentidos perciben.

La teoría psicoanalítica puede arrojar luz sobre esta cuestión si consideramos que una de las principales premisas del psicoanálisis es descifrar lo reprimido por la consciencia y arrojado al inconsciente, donde podemos encontrar razones sobre el goce que experimentamos al observar una imagen fatídica como ésta (Hall & Lindzey, 1984).

Ahora bien, algo como esta imagen que salta a la vista, tan habituada a la violencia y a lo visceral, llama nuestra atención por su particular belleza, donde incluso la sangre que corre por el rostro de la occisa pone el acento dramático que nos hace despertar del ensueño, al recordar que se trata de una muerta. No obstante, seguimos observando; ese placer indescriptible por apropiarnos de la imagen y tener una certeza momentánea sobre cómo debe sentirse morir es algo que posee una relación indirecta con lo erótico, según Georges Bataille. “Efectivamente, el hombre, al que la conciencia de la muerte opone al animal, también se aleja de éste en la medida en que el erotismo, en él, sustituye por un juego voluntario, por un cálculo, el del placer, el ciego instinto de los órganos” (Bataille, 2013, p. 64). Aquí, el antropólogo francés realiza una analogía entre la certidumbre de la muerte y la preferencia por el juego erótico en detrimento de la satisfacción de los placeres instintivos, donde podemos justificar nuestro goce por observar la muerte en la fotografía que experimentarla en carne propia. Una satisfacción que en la actualidad es considerada como algo moralmente reprobable y nombrada de forma peyorativa como “morbo”. Esto es algo que Sigmund Freud trabajó desde el psicoanálisis en Más allá del principio del placer (1920), donde expone su teoría sobre las pulsiones de vida y muerte, lo cual veremos a continuación.

El psicoanálisis freudiano parte de la premisa de hacer consciente lo inconsciente; es decir, penetrar en las penumbras de lo reprimido para traer a la luz situaciones que pueden ser causa de conflicto para la persona que experimenta síntomas asociados con una neurosis. La energía psíquica que todo hombre posee deviene en pulsiones, que bien pueden ser de vida o de muerte: la pulsión de vida (Eros) refiere a la autoconservación del sujeto; la pulsión de muerte (Tánatos), en contraste, es una pulsión desligada y conflictiva que causa perturbación al aparato psíquico. “Recordemos que para Freud, sólo la sexualidad tiene el derecho de llamarse pulsión; el único contenido inconsciente es la sexualidad” (Widlocher, 1989, p. 25). Entonces, esta energía libidinal, o pulsión, debe hallar un modo descarga, y es ahí donde aparece el concepto de pulsión de muerte, que es el principio del cero o del Nirvana (retorno a la ausencia de excitación por las vías más cortas). El organismo busca la tranquilidad y la ausencia de perturbación que solamente encuentra en el regreso al origen, es decir, a lo inanimado.

Foto: Enriquemetinides.com

Foto: Enriquemetinides.com

Bien, en esta explicación del funcionamiento de la psique, según el psicoanálisis, la pulsión de muerte no conduce necesariamente a la muerte misma del organismo. “Freud dice que se negocia con el instinto de muerte desviándolo para dirigirlo contra los objetos” (p. 43). Es aquí donde regresamos al análisis de la fotografía de Metinides. Si inferimos que el espectador busca sosegar esa ansiedad causada por la desligazón de sus pulsiones libidinales (lo que no forzosamente debe ser considerado patológico), qué mejor manera de hacerlo que recurriendo a la violencia. No obstante, la recriminación moral que el individuo posee le impide salir a golpear a la primera persona que se encuentre en el camino; debe ser ejecutado con la mayor discreción posible. La satisfacción de esa necesidad se desplaza a un objeto en particular, la fotografía de una mujer ensangrentada y prensada entre metales. En la representación de la fatalidad, que además posee un tratamiento estético que puede trastocar otras sensibilidades del espectador, se encuentra un remedio temporal para la angustia. En este desplazamiento de la actividad violenta (o instintiva) al recreo visual encontramos un punto de asociación con lo visto con Bataille más atrás. Dentro del mismo orden de ideas, podemos ver que hay algo lúdico a través de la apropiación de la obra por parte del espectador, ya que al contemplar una imagen e impregnarla de subjetividades puede surgir un juego dialógico que tiene como finalidad la retención de la misma en la memoria, para reactualizarla las veces que sea necesario, siempre como si se tratase de la primera vez. “En todos los casos la novedad será condición de goce” (Freud, 1992, p. 35).

Sin embargo, antes de continuar, me parece importante aclarar que no trato de exponer un virtuosismo intrínseco a esta fotografía, ya que creo en la posibilidad de acceder a placeres similares por otros medios, incluso fuera de lo considerado como artístico. Pero mi inquietud principal participa en la contemplación de la muerte y la tragedia retratada por Metinides como algo bellamente accidental, sin una intencionalidad estética previa a la captura de la fotografía, ya que lo espontáneo de la imagen aunado a la delicadeza con que Metinides evita caer en lo visceral, lugar común de la nota roja, hace de su trabajo algo excepcional.

Al inicio mencioné la dicotomía Eros/Tánatos (pulsión de vida/pulsión de muerte), y es necesario examinarla brevemente para vincularla con la concepción psicoanalítica de las pulsiones con relación al trabajo de Metinides. Como vimos, Eros es entendido como pulsión de autoconservación, o sea, la perseverancia por existir, aunque no en términos de un optimismo popular, ya que ambas pulsiones (vida y muerte) encaminan al organismo a su disolución, sólo que por medios distintos. “El organismo sólo quiere morir a su manera” (p. 39).

En ese camino hacia la muerte elegido por la pulsión de vida (Eros), la reproducción biológica surge como vía a la inmortalidad, una idea que podemos ubicar a lo largo de la historia de la filosofía occidental y encontrar bellamente explicado en voz de Diotima en El Banquete, de Platón :

Porque la generación es algo eterno e inmortal en la medida en que pueda existir en algo mortal. Y es necesario, según lo acordado, desear la inmortalidad junto con el bien, si realmente el amor tiene por objeto la perpetua posesión del bien. Así, pues, según se desprende de este razonamiento, necesariamente el amor es también amor de la inmortalidad (p. 744).

Entonces, desde esta perspectiva filosófica, podemos inferir que Eros, en oposición a Tánatos, busca desplegar la vida a través de la generación, lo que supone un conflicto con la concepción psicoanalítica de Eros como pulsión de muerte en última instancia. Es por eso que la originalidad del psicoanálisis consiste en conciliar estas dos pulsiones en apariencia antagónicas, al consentir que la finalidad de muerte en realidad trasciende la disolución del organismo individual para dar paso a la vida. De vuelta a la fotografía encontramos que la contemplación de la muerte como algo bello no es del todo un disparate, si tomamos en cuenta la lectura inconsciente que hacemos de la misma. Esos elementos que en principio parecen ser insignificantes, como la sangre que corre por el rostro de la mujer prensada, nos abstraen de la concepción cotidiana que tenemos sobre la muerte como fin trágico para encauzar nuestra pulsión de muerte hacia una prolongación de la vida misma. Algo muy parecido a un “normalizador” de las energías libidinales desligadas y conflictivas.

En resumen, se explicaron brevemente los conceptos centrales sobre la pulsión de muerte en la teoría psicoanalítica (así como la posible relación entre estos y la erótica propuesta por Bataille) con la intención de aclarar el proceso interpretativo llevado a cabo por el inconsciente durante la contemplación de esta fotografía; sin embargo, analizar la posición de la misma como obra artística requeriría de un estudio más complejo. Si partimos de las consideraciones anteriores, la fotografía de Metinides puede ser un objeto de propiedades catárticas e, incluso, liberadoras para el espectador que pone fin a su angustia ante el enigma de la muerte. La curiosidad por observar la tragedia ajena sería entonces una proyección de la tragedia personal, al ser incapaces de liberarnos de ella por otros medios recurrimos a la observación de nuestro entorno en búsqueda del objeto que sacie dicha incapacidad. Es entonces donde el espectador entra en una relación íntima con la pieza, al ser el receptáculo de sus subjetividades, incluso de las inconscientes. Surge una complicidad entre el sujeto y la obra desde el momento en que éste se involucra con la acción plasmada en la fotografía, deja de ser un espectador pasivo para fundirse en la tragedia de la fatalidad consumada. La teoría psicoanalítica, utilizada como instrumento interpretativo del arte, brindó algunas respuestas sobre la fascinación que sentimos al observar esta fotografía. De igual manera, el apoyo en la reflexión sobre lo mortal e inmortal en la antigüedad (Platón), funcionó como sustento filosófico del concepto psicoanalítico de pulsión de muerte. Por lo tanto, me parece que sólo resta invitar al lector a contemplar el trabajo de Metinides, esperando que lo anterior sea útil en la reflexión sobre la experiencia que resulta de confrontar su interioridad con la muerte retratada y considerada como objeto estético.

Fuentes consultadas

Bataille, Georges (2013), Las lágrimas de Eros. México, Tusquets.

Freud, Sigmund (1992), Más allá del principio del placer. Buenos Aires, Amorrortu.

Hall, Calvin y Lindzey, Gardner (1984), La teoría psicoanalítica de la personalidad. México, Paidós.

Platón (2010), El Banquete. Madrid, Gredos.

Stelley, Santiago (2013). Archivo Vice: Enrique Metinides. México D.F., Revista Vice. Recuperado de http://www.vice.com/es_mx/video/enrique-metinides

Widlocher, Daniel (1989), La pulsión de muerte. Buenos Aires, Amorrortu.