Y- NOT ICONS: Tom Waits

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Por: Emilio Rivaud

Para que nos entendamos, Tom Waits es un tipo rudo desde la cuna: nació en el asiento trasero de un taxi y con barba de tres días. Cuando tú eras apenas un bebé rosado y llorón, el pequeño Tom ya estaba en la calle buscando el corazón del sábado por la noche, quitándose de la cara el rastro de una larga hilera de días malos con una navaja de afeitar. Mientras tú merendabas en la cocina con tu mamá, sumergías una galleta en un vaso de leche con chocolate y te convencías de que el mundo era, por necesidad, un sitio feliz, Tom entraba a un café y golpeaba sin piedad una taza de café que no estaba lo suficientemente fuerte como para defenderse. Luego creciste, cantaste a todo pulmón el pop azucarado de aquel muchachito imberbe que cantaba sus tragedias amorosas, y te asombraste de lo mucho que él sabía sobre el mundo.

Tom sabe mucho más. Escucha si no esta historia que le contó a sus hijos cuando le preguntaron por qué no tenía un trabajo como el de otros papás (un trabajo como el tuyo, que involucra un escritorio y una computadora siempre prendida): En el bosque había un árbol torcido y un árbol derecho. Todos los días, el árbol derecho le decía al torcido: ‘Mírame… soy alto, estoy derecho y soy guapo. Y mírate… estás todo torcido y doblado. Nadie quiere verte’. Y crecieron juntos en ese bosque. Y un día vinieron los leñadores, y vieron ambos árboles, y dijeron: ‘hay que cortar los árboles que están derechos, y dejar los demás’. Y los leñadores convirtieron al árbol derecho en leña, palillos de dientes y papel. Y el árbol torcido ahí sigue creciendo, cada día más fuerte y más extraño.

Puedes ponerle muchos caras al árbol derecho. Por ejemplo, la de Chris Martin: agarra cualquier canción de Coldplay y quítate la comida de entre los dientes con ella. O la de Justin Bieber: pino canadiense, madera ligera, de color uniforme, ideal para hacer puertas de triplay como las que ponen hoy en día en esos departamentos que parecen hormigueros.

En la música, los árboles derechos hacen versos a cuatro cuartos, intro-coro-verso-coro, requintos no muy rebuscados. A Tom nada de eso le interesa. Sus canciones son a veces baladas o jazz, a veces blues o rock, y a menudo mezclas de todo eso. Una buena canción pop necesita un coro pegajoso que todo mundo quiera corear. Muchos grupos hacen conciertos con el único propósito de darle a sus fans la oportunidad de gritar a todo pulmón palabras insulsas. Tom no otorga esas gratificaciones. Él se sube al escenario con un cigarro en la mano y un grupo de músicos mal rasurados, pero profesionales. Más que cantar, platica, susurra, aúlla, grita o ruge. En sus canciones uno no puede ponerse cómodo en un estribillo, ni ponerse a cantar con él. Hay que oírlo con el mismo gusto con el que se le da un trago a un whisky derecho que quema todo a su paso y termina con un golpe en alguna parte de la nuca.

Cualquier cantante de pop quiere verse bien, y por ello pasa horas frente al espejo ensayando los gestos precisos para transmitir conmoción, exultación o rapto, todo ello sin despeinarse. Tom no solo se despeina: estalla en cada nota y en cada palabra. En alguna entrevista ha dicho que la notación musical la parece muy limitada, que no hay un símbolo para cada sentimiento. Por eso cuando canta, su cara tosca se expande y se contrae en gestos decididamente poco favorecedores, pero que le dan a la música una intensidad que no puede reproducirse en una partitura.

La música (o los libros, las películas, los cuadros, etc.) que vale la pena se parece más a un árbol torcido, lleno de ramas nudosas que aunque cambian abruptamente de dirección y toman rumbos extraños, nunca dejan de apuntar hacia arriba. Es cierto que su camino es más tortuoso y que la gente no siempre aprecia estas formaciones. Pero eso es totalmente secundario. Lo que hay que recordar es que Tom Waits es un tipo rudo, y que no hay que meterse con él.

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